Cada canción que aquella noche recordé, sigue sonando aún en mi mente. Mi oído se inunda de cada nota vacía pero a la vez, tan llena de codicia de ti, que me perturba, me estremece, bombea en mi tímpano sin cesar, sin silencio, solo esperando a que tú decidas cerrar el eterno pentagrama en clave de sol invadido por la nostalgia de aquella noche, que entre sabanas empapadas en un sudor meramente hipocrático e interesado, decidiste manejarme a tu antojo, y yo inocente, hice mi buen papel de ligarme a ti por el favor de la embriaguez.
Ya solo el sol me consuela cada tarde cuando salgo a su encuentro, y acompañada de mi cigarrillo, le toco al son de un adagio la misma canción que aquella noche hizo retales mi existencia, que solo volverá a remendar la batuta cuando marque el fin de tu canción. Sé que aún te quedan suficientes blancas, negras y corcheas para hacerme seguir con tu satánica melodía, pero algún día le llegará el turno a tus silencios, y será en aquellos cuando mis blancas negras y corcheas se acrecienten y suenen con más fuerza que nunca, haciéndote acortar tu compás a un dos por cuatro, y sufrir al fin de tu canción, pues no hallarás instrumentos ni dedos a los que aferrarte para continuar tus compases, y uno a uno, se harán silencios eternamente.